Técnicas · Materiales · Diseños
Cada tipo de trabajo tiene su técnica, su tiempo y su exigencia. Aquí explicamos exactamente qué hacemos y cómo lo hacemos.
Con el paso del tiempo, las uniones que sostienen los cristales de una lámpara se oxidan, se deshacen y pierden su función. Antes de cualquier restauración, desmontamos pieza a pieza cada colgante, lavamos los cristales a fondo y los volvemos a engarzar uno a uno, con la misma paciencia con la que fueron hechos.
Para ello utilizamos tres técnicas — hilo de latón, lazo y calvillo — todas ellas duraderas, resistentes al paso del tiempo y que garantizan una unión firme y fiel al diseño original de la pieza.
Los brazos de las lámparas antiguas se sostienen al disco central mediante un casquillo de metal fijado con escayola. Con el tiempo —y especialmente tras limpiezas caseras con agua— la escayola se va perdiendo y los brazos empiezan a vencerse hacia afuera.
El reencasquillado es uno de los procesos más exigentes de la restauración: la escayola fragua muy rápido y hay que alinear cada brazo con precisión, porque uno ligeramente más bajo que los demás arruina toda la estética de la lámpara.
Cuando nos traen un brazo roto, todo depende de dónde esté la rotura. En la curvatura, pocas veces tiene solución. En los extremos, se lima y se ajusta el resto para que quede alineado.
Las estructuras metálicas acumulan con el tiempo suciedad, oxidación y los efectos de productos de limpieza inadecuados, que suelen dejar tonos verdosos y acelerar el deterioro del metal. Limpiamos, pulimos y barnizamos cada pieza para devolverle su color original y protegerla, reduciendo así la necesidad de limpiezas frecuentes en el futuro.
Además del tratamiento superficial, soldamos las piezas rotas que lo requieran y reponemos la tornillería perdida, dejando la estructura completa y lista para durar muchos años más.
Los techos de las viviendas actuales son más bajos que los de antaño y muchas lámparas antiguas sencillamente no caben. Podemos acortarlas: estudiamos su diseño y ajustamos las medidas para que quepan en su sitio sin perder la esencia ni el aspecto original.
A veces la solución es más creativa: una lámpara grande de dos pisos puede convertirse en dos lámparas distintas, sin desperdiciar ni una sola pieza.
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